Testimonio Alba, Fede y Daniel (01-10-2018)

Para parir se necesita conexión con el propio cuerpo, confianza en el proceso, entrega total,… y desde ahí, hay mujeres que son más de tribu, que se sienten cómodas con el apoyo de sus seres queridos. Alba tuvo un parto muy potente, de esos que en algún momento se plantea si la madre lo podrá sostener, pero ahí fue… paso a paso, abriéndose camino su bebé y ella entregada en totalidad. Cuando nació Daniel, todos habíamos empujado con fuerza, nos sentimos agotados y felices. Un final muy merecido.

 

Estaba embarazada de 41 semanas y un día y, si todo iba bien, Daniel nacería en casa. Había elegido para ayudarme en el parto a Mikel Mantxola, y con él a las doulas Cristina Seguí y Llucia Mir, a quienes se unió mi buena amiga y doula en prácticas Camila Dueñas. Así que cuando Dani se decidió a venir, la casa estaba llena de gente esperándole, porque también estaban su papá, su abuela, su tía y su hermano de 4 patas.
Cuando rompí aguas, las contracciones suaves que había sentido la noche anterior y parte de ese día, se volvieron más intensas. Junto a esa intensidad llegó el miedo y las dudas (¿podré aguantarlo?, ¿lo estaré haciendo bien?) Lucía estaba allí apoyándome, ayudando a aliviar el dolor, recordándome mi fuerza, dándome cariño. Al poco tiempo tomó su relevo Cris que, como Lucía, respiraba conmigo, me acompañaba, me explicaba las cosas con amor y respeto, y mi querida Cami, siempre un hombro sobre el que apoyarme, unos ojos a los que mirar, una palabra adecuada en cada momento. Mis tres doulas fueron, cada una a su manera única y especial, tres compañeras con las que paseé de la mano por cada contracción. Me ayudaban a cambiar de postura, me daban masajes (que ayudaban mucho a calmar el dolor), me animaron a dejar salir lo que sentía, me ayudaron a confiar en mi poder, cuando estaba agotada mental y físicamente. Ellas junto con Fede, el papá de Daniel, formaban un apoyo que para mí fue inmejorable, siempre respetando lo que yo quería y necesitaba. Al final creo que todos en aquella habitación estábamos empujando a la vez y esforzándonos, y sentirles me dio mucha fuerza.
Me cuesta expresar con palabras y en tan poco espacio lo que fue aquella noche, lo que sentí y lo que siento al recordarla…cada recuerdo está lleno de amor y me emociona. Desde entonces, cada día doy las gracias por haber podido contar con ellos, no podría imaginar una mejor bienvenida para mi bebé ni un aprendizaje mayor sobre mí misma y sobre el amor en tan poco tiempo. Han pasado cuatro meses y sigo aprendiendo de aquellas horas. ¡Qué intensidad… cuánta magia! Y aunque acabamos todos agotados… ¡Volvería a repetirlo todo ahora mismo!

Alba

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