Mi querido hermano José Luis (13-04-25)
La partida de mi querido hermano mayor José Luis fue muy repentina y, por eso mismo, para todos los que le queremos, el dolor está siendo más difícil de digerir, especialmente para sus cuatro hijos y para su pareja, su gran Amor.
A pesar del tiempo pasado, sigo con estupor y una sensación de que no puede ser real, es un hueco enorme porque no parecía que fuera el momento. Esa parte de mi que está aprendiendo a aceptar todo lo que la vida trae como fuente de aprendizaje y sabiduría, quiere rebelarse y negar y quejarse,… no es justo que se fuera tan pronto. Aunque se, que este sentimiento, es el dolor en el corazón de los que le añoramos.

Mi hermano José Luis siempre ha sido grande, cuando nació pesó unos 4’5 kilos y mi madre contaba su parto como una gesta que, aunque costosa, le produjo gran alegría. Era un bebé hermoso, rubio blanco mallorquín, de esos que parece que ya tienen 4 meses al nacer, siempre sonriente y buen comedor y, como era el primero de su generación, tanto de la familia materna, como de la paterna, durante 1 año fue el rey del mambo… hasta que empezaron a nacer primos y hermanas. Pero nunca perdió el brillo de saberse querido y «porque yo lo valgo», rezumaba seguridad, seguramente incluso cuando no siempre la sintiera.
Fue el ojito derecho de mi madre, tenían cosas en común: fuerte carácter, gran personalidad y un corazón generoso, que rebosaba por todos los costados. Después de él vinimos tres hermanas pequeñas que le dotaron de un papel protector y de gran capacidad para lidiar con el género femenino y nuestras infinitas variaciones de personalidad. Cuando falleció nuestra hermana pequeña, él tenía 15 años y supo acompañar a mis padres con madurez, en momentos que fueron muy duros para todos.
Tenía una inteligencia fuera de lo común, desde niño, su comprensión de las cosas era extraordinaria y su memoria llegaba a unos niveles que parecían inhumanos. Los amigos le llamaban «El Boss».
Le podías preguntar sobre cualquier cosa y cualquier tema y, en la época que no había Internet, el solo era como una enciclopedia ambulante. Lector empedernido y sobre gran variedad de temas, desde los más sesudos hasta los más estrambóticos (como la ciencia ficción, que alimentaba su inteligencia con futuribles que en breves años se hicieron reales), a mi hermana y a mí nos llegaban de forma natural sus aficiones, que nos nutrían de forma más completa de lo común. Era imposible jugar un «Trivial» contra él, aún recuerdo una vez que le tocó turno y respondió todas las respuestas correctas de una sentada, con preguntas que parecían imposibles de conocer, del estilo: ¿Cuál era el nombre de la peluquera de la película «El Padrino»? y tu pensabas «esta no se la sabrá»… craso error, porque si una vez había leído en alguna revista algo sobre esta peluquera, sabía como acceder a los cajones de la memoria y traerlo al presente, como si nada, sin esfuerzo, sin mermar espacio para cosas nuevas y verdaderamente importantes.
Cuando aparecieron los primeros ordenadores enseguida les vio el potencial a todos los niveles y aprendió a montarlos, desmontarlos, arreglarlos, mejorarlos y, evidentemente, a utilizarlos,… por lo que la enciclopedia viviente se amplió hasta el infinito y más allá. En su generosidad, dedicó parte de su vida a arreglar y mejorar los ordenadores de todas las personas que se cruzaban en su camino y es algo que le podría haber reportado muchos beneficios ya que, contados profesionales tenían esos conocimientos, que adquirió por su propia cuenta, pero lo hizo siempre de forma gratuita, altruista y hasta altas horas de la madrugada.
Cuando era joven era un chico simpático, deportista, seductor (especialmente con la palabra), muy amigo de sus amigos, que ejercía de hermano mayor con benevolencia y protección. También era explosivo, a momentos podía parecer Thor, el Dios del Trueno, con tridente y todo… y tal como se encendía, se apagaba. Siempre fue incapaz de sentir rencor por nada y nadie le podía tener rencor porque su generosidad y paciencia, excedían con creces esos momentos expansivos de su energía (por cierto, rasgo que cogió de mi madre y que heredamos otros miembros de la familia).
A pesar de que tenía cinco años más que yo, compartimos muchos juegos: «Juegos reunidos Jeyper», «Scalextric», «botones», «monta caballo», «mate», «canicas»… heredé su bolsa de bolas de cristal de todos los colores e hice honor a lo que me enseñó, conservando y ampliando la colección.
Como era fuerte, me llevó en brazos las veces que me rompía algún hueso y había que subir un 4º piso sin ascensor. Cuando era posible, me protegía de las broncas de mi madre después de yo meter la pata hasta el fondo,… siempre podía contar con él y compartirle mis cuitas.
A medida que fue creciendo mantuvo su tendencia a los excesos: le gustaba charlar, comer, fumar, reír, cantar,… todo lo hacía a lo grande. Nadie cantaba mejor la canción «El moro Muza sale de su tumba», de niña casi le veía salir de la tumba cuando llegaba al «ja, ja, ja, ja, ja» con su voz de Bajo super potente. Ahora se la saben, además de sus cuatro hijos, sus tres nietas.
Tenía un sarcasmo que, como buen Escorpión, le gustaba relucir. Le encantaba meterse conmigo porque le hacían mucha gracia mi credulidad e ingenuidad de hermana pequeña. En cierto sentido me preparó para muchas cosas de la vida porque desde él, siempre me llegó acompañado de ternura.
Fue el primero de la clase, el primero de las notas de reválida de toda España, el primero en edad de empezar la carrera de «Ingeniero de caminos y puentes» (así creo que se llamaba antes),… el primero en tener un hijo con solo 20 años.
Esa carrera universitaria se la impusieron los adultos que le rodeaban, bajo el pretexto de que alguien tan inteligente tenía que estudiar lo que se consideraba la carrera más difícil del momento, nunca le gustó y ser padre acabó siendo la razón perfecta para dejar unos estudios que no le motivaban y ponerse a trabajar de su pasión: dar clases particulares y conseguir que otras personas, pudieran comprender lo que para él era tan fácil. Evidentemente su especialización eran las asignaturas difíciles, de las carreras complicadas, especialmente de ciencias, aunque sabía transmitir conocimientos sobre cualquier tema y en cualquier nivel. Si aparecía una asignatura nueva e incomprensible, hasta los profesores de Universidad le consultaban a él, le encantaban los retos de comprender y transmitir esos conocimientos. Los cientos de alumnos que pasaron por su aula y lograron toda clase de éxitos que, a veces parecían imposibles, dan fe de toda esa generosidad y sabiduría.
A pesar de ser padre muy joven, supo coger su responsabilidad, siempre trabajó horas infinitas, en parte motivado porque era algo que le apasionaba. Tenía una manera muy curiosa de sostener los momentos difíciles: su enorme capacidad de abstracción. Podía estar rodeado de niños pululando, con una televisión encendida, con una conversación a su lado,… y estar en su mundo interior, resolviendo una entelequia, en el sentido filosófico de la palabra, y mantener una Paz de Buda ya que, realmente, habitaba momentáneamente en otro mundo. Hasta que decidía volver bajar a tierra. A veces, era capaz de parecer que te estaba escuchando y, algún síntoma banal, de demostraba que en ese momento su cuerpo estaba ahí, pero su mente no.
Alrededor de mis 30 años coincidió que mi hermano se separó de su mujer, la madre de su hijo y su hija mayores, yo me acababa de separar, con una crisis personal importante y, mi amiga del alma desde que teníamos 13 años, también se separó. De forma casual empezamos a salir los tres, solteros y sin compromiso y, de forma sorpresiva, ellos dos se enamoraron perdidamente, ¡Dos de mis personas preferidas se hicieron pareja! Se acabaron casando, tuvieron 2 hijos y han vivido una de las relaciones más largas (34 años juntos) y hermosas que nunca he conocido.
Se han mantenido siempre muy cerca de mi corazón, haciendo piña, junto con mi hermana y su pareja, compartiendo las responsabilidades filiales cuando mis padres se hicieron mayores y requerían de nuestros cuidados, haciendo equipo y desarrollando entre nosotros la amistad, más allá de nuestra relación de hermanos.
Lo hecho de menos, constantemente me viene algo a la cabeza que me gustaría contarle, o que me gustaría pedirle. Hecho de menos su risa, su sarcasmo, su abrazo, su generosidad. Literalmente es un hueco enorme.
Me siento privilegiada por sentir su amor, con todo lo que me ha enseñado y hemos compartido. Es un hermano de padres y es un hermano del Alma.
Mi corazón sabe que él está bien y está cerca de todos los que le queremos tanto. Agradezco profundamente su presencia en mi vida y espero que su guía, desde el otro lado, me ayude a ser más sabia.
T’estim per sempre germanet!.




